Motos que atormentan, asustan y «disparan»: ¿Qué dice la Ley?

Motos que atormentan, asustan y «disparan»: ¿Qué dice la Ley?

Mientras que el silenciador original de fábrica obliga a los gases a pasar por un laberinto interno de tubos y fibra para mitigar el ruido, el «resonador» o «boca de sapo» hace lo contrario. Cuenta con una cámara hueca y expandida que casi no ofrece restricción, eliminando las frecuencias agudas pero amplificando los sonidos bajos y roncos. Esto eleva la intensidad del escape y hace que las unidades superen con facilidad los 80 decibelios (dB).

En las calles de Maracaibo, el rugido de una motocicleta con el escape alterado genera reacciones inmediatas y opuestas. Para una buena parte de la comunidad de motorizados, el uso de «resonadores», «tronadores» o accesorios complementarios es sinónimo de estilo, identidad y una moda urbana consolidada. Sin embargo, para los vecinos de las zonas residenciales, pacientes en centros de salud y transeúntes, el sonido se percibe como un auténtico tormento cotidiano. Esta dualidad define un fenómeno que va más allá de la mecánica y se instala en la convivencia diaria de la ciudad.

Para comprender el fenómeno hay que evaluar cómo trabaja el motor en sus ciclos de admisión y escape. Al arrancar y acelerar, el motor genera una fuerte compresión de gases que sale expulsada a gran velocidad, produciendo el sonido característico del vehículo.

Mientras que el silenciador original de fábrica obliga a los gases a pasar por un laberinto interno de tubos y fibra para mitigar el ruido, el «resonador» o «boca de sapo» hace lo contrario. Cuenta con una cámara hueca y expandida que casi no ofrece restricción, eliminando las frecuencias agudas pero amplificando los sonidos bajos y roncos. Esto eleva la intensidad del escape y hace que las unidades superen con facilidad los 80 decibelios (dB).

A esta tendencia se le suma un accesorio muy popular: el turbo silbato, conocido en el argot motorizado como «la flauta» o «el pito» de escape. Esta pequeña pieza metálica se atornilla en la salida del tubo para obstruir parcialmente el flujo de aire a propósito. Al salir los gases a presión por la pieza, se genera un silbido agudo y punzante que transforma por completo el ruido del motor, haciéndolo mucho más fuerte y chillón.

Además del ruido continuo, uno de los elementos que más sobresalta a los ciudadanos son las explosiones intermitentes que emiten las motocicletas, conocidas popularmente en las avenidas marabinas como «tiros» o «disparos». Lejos de ser una función de fábrica, este efecto es provocado de forma manual por los conductores.

El impacto en la convivencia ciudadana

Para quienes defienden esta práctica, modificar el escape forma parte de la personalización de su vehículo y de la cultura motera local. No obstante, el reverso de la moneda lo viven las comunidades. Los vecinos de distintas parroquias reportan con frecuencia que el paso nocturno o en fines de semana de estas unidades altera el descanso e impacta de forma negativa en poblaciones vulnerables como niños, ancianos y mascotas, además de perturbar el ambiente en entornos sensibles como escuelas y hospitales debido al estrés crónico o las migrañas que genera el ruido extremo constante.

Desde el punto de vista técnico y legal, estas modificaciones alteran las condiciones de fábrica del vehículo. El Reglamento de la Ley de Tránsito Terrestre (Gaceta Oficial N° 5.420 Extraordinario) regula estas emanaciones en sus artículos 235 y 236, prohibiendo la circulación con escapes libres o dispositivos que generen ruidos nocivos, razón por la cual las autoridades de transporte y seguridad suelen retener estas piezas en los puntos de control para su posterior inhabilitación.

Lejos de apagarse, la tendencia se mantiene activa gracias al mercado de primera y segunda mano. En plataformas digitales como Marketplace, Mercado Libre e incluso en grupos especializados de motorizados en el estado Zulia, la compra y venta de estos repuestos es constante.

Los precios de los escapes usados y resonadores oscilan habitualmente entre los 40 y los 85 dólares, dependiendo del modelo. Este comercio se alimenta en gran medida de los propios particulares: civiles que deciden desmontar el resonador o la «flauta» de manera voluntaria para evitar inconvenientes en la vía, o aquellos que tras adquirir el escape original ponen a la venta el ruidoso en internet. Entre la pasión por los motores y la búsqueda de tranquilidad comunitaria, el fenómeno de los escapes libres sigue marcando el día a día del asfalto marabino.